martes, 25 de noviembre de 2014

Una historia que no te había contado.

12:50 a. m. 03/10/2014
Una vez me fui de intercambio a otro continente, cuando regresé a mi tierra
mi hogar ya no era el mismo, mi familia no estaba completa.

 Un día de esos que para mí comienzan muchas veces en la noche anterior, de
esos días de 36 horas que tanto me gusta crear, me había quedado de ver con
una de las pocas compañeras con la que compartí algo. En lugar de despertarme
temprano en esos tiempos prefería no dormir, eso hice, fui la encontré, la vi
pero ya no con los mismos ojos de unos meses antes. Sentí que ya no sentía lo
mismo y ella estoy seguro lo sintió y lo negó también.

 Yo ya no era el mismo, todo había cambiado y no, no fueron los 7 meses en el
país francofono que me recibió lo que lo había detonado. Fue una conversación
y un café con mi maestro, una frase nada más y mis ideales de juventud se
derrumbaron como polvo apilado sobre un CD rayado.

 Traducida libremente la frase era "El problema que tengo con una dictadura del
proletariado, es la dictadura."

 Lo que aprendí después de eso cambió todo, mi presente (en esos tiempos), mis
aspiraciones y mi futuro (el hoy con el que escribo).

 Me dí cuenta de todo lo que no sabía, de lo mucho que sabía de cosas y hechos
incorrectos o al menos hechos y datos inexactos.

 Me despedí de ella, de nuevo con un beso de regreso y un adiós de despedida.
Estaba vacío...

 Caminé solo por las calles de una ciudad que no favorecía y anduve con calma
por los lugares que visitaba con el que hasta antes de irme era mi mejor amigo.

 Vi rostros de gente que yo consideraba mi gente y hasta hoy recuerdo como podía
y como sentí el dolor de mi pueblo en los ojos de un niño sentado en el quicio
de la puerta de una casa que no era la suya. Y me sentí impotente, me sentí
responsable por no hacer nada y arrogante por que sentía, creía y me disponía a hacerlo.

Llevaba uno o dos días sin comer, no por falta de recursos mas por dejadez propia, a
veces cuando pienso mucho se me olvida comer y elijo no dormir, entonces encontré una
fonda de esas típicas mexicanas, los colores amarillos, los olores dormilones de una
pre-cuela a una siesta de digestión y hasta las mesas, parecían para mi como sacados
de un libro de lecturas de la SEP, entré me senté y pedí una comida.

 La mesera era una muchacha guapa, ojos negros, piel trigueña y cabello del color de los
primeros, me enamoré de ella por la duración de una comida, tanto que hasta me atreví a
preguntar su nombre, Araceli ella contestó.

 Enmudecí y los ojos se me llenaron de lagrimas, ella contestó con un sonrisa, tierna y
coqueta, pagué mi cuenta y no esperé el cambio, me levanté y di las gracias y me fui de
ahí con el alma hecha pedazos, el corazón roto y el estomago lleno.

 Viajé y llegué a mi casa unas horas después, recuerdo haber estado conteniendo mi llanto
desde que me retiré del restaurante, pero hoy me doy cuenta de que eran lágrimas que estaba
conteniendo desde 1993, en mi familia "los hombres no lloran, los hombres defienden las cosas
con los puños", cosa que ni era cierta, ni era obligatoria, pero que yo creía y obedecía sin
cuestionar, hasta ese día...

 Entré a mi casa con los puños ensangrentados, y caminé hasta un árbol de mango que sembró
mi bisabuelo, y ahí fue que me derrumbé, figurativa y literalmente me derrumbé. Caí al suelo
con rabia, amor y desdeño (una mezcla de sueño y desdén). Lloré, lloré con lágrimas de las
que me queman la cara, y recuerdo perfectamente que pensé que un día escribiría esta historia.

 Que mi dermatitis nerviosa era causada por el supor de las lágrimas que escurrían
por mi rostro; imaginé.
01:32 a. m. 03/10/2014

Estoy de pie.

Sí el punto o el sentido de esta vida es ser feliz, entonces he cumplido. La felicidad es real y es hoy mi realidad.

Gracias a todos.